Sobre Mí

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Trende y YO

Pruebo las cosas antes de que inviertas tu dinero, y te digo si valen la pena; tengo una manía de compartir mis experiencias de madre primeriza y me gusta beber y comer... ¡mucho!

Carolina Guisande Muvdi

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Cuatro cosas que he aprendido siendo madre de tres

Tengo un tiempo siguiendo a Liza Pellerano por IG, una joven madre criando a sus tres bellos hijos junto a su esposo, luego de haber emigrado a un país nuevo embarazada y comenzar desde cero por tercera vez. Vi en ella esa fortaleza que tiene la mujer y esa flexibilidad de hacer el trabajo más digno con toda la entrega del mundo, algo que quizás hoy en día pasa por sentado, pero que para mí, aunque también soy madre y debería ser cotidiano, es sublime.  Me interesó tanto que la invité a escribir alguito para trende, ¡y ella aceptó! Aquí lo que Liza compartió conmigo, y ahora comparto con ustedes:

Recientemente me hicieron la siguiente pregunta; ¿qué has aprendido después de tener tres hijos?
La verdad es que por lo menos unas veinte respuestas fueron atropellándose en mi cabeza rápidamente. Cuantas cosas nos enseñan los hijos en cada oportunidad, cada uno con su forma, llegando en momento diferentes, cambiando todo y reorganizando cada prioridad. De tantas cosas las más importantes han sido estas:

1) Descubrí que ser madre primeriza es muy diferente a serlo por segunda, o por tercera vez. La primera vez me estrenaba en una labor completamente nueva, desafiante; cegada por un amor inmenso que me llenaba el corazón. Creo que por lo general tendemos a ser histéricas, minuciosas y dudosas. Como típicas novatas, la inseguridad, la incertidumbre y el miedo juegan un papel esencial en nuestra forma de ver las cosas y reaccionar ante los nuevos retos. Estaba aprendiendo a hacerlo todo por primera vez y nada parecía tan importante como este nuevo rol que desempeñaba.

Foto Familiar

¡Otoño!

Mi vida había cambiado por completo y me acostumbraba a lo que esto significaba, siempre tratando de mantener un balance entre las demás facetas de mi vida. Me preguntaba constantemente si lo estaba haciendo bien: “¿estará el niño bien con la fiebre?”, “¿lo estoy educando bien?”, “¿lo disciplino lo suficiente o muy poco?”, “¿estoy tronchando su personalidad o ejerciendo mi autoridad?” y así. Aunque tenía una corazonada de lo que era mejor, nunca estaba 100% segura de todo.

Con la segunda me sentí más confiada, ya tenía experiencia con la lactancia, la primera comida, lograr la dormida de noche, ya sabía manejar unos cólicos como nadie y no me aterraba una mala noche con fiebres o vómitos, por ende creo que en la segunda experiencia disfrute más de la maternidad. Me gustaría decir que me sentía totalmente relajada, pero desafortunadamente la culpa y la inseguridad de no saber si lo estoy haciendo correctamente nunca se va. Creo que somos nuestras peores juezas, pensamos constantemente en como tal o cual situación pudo haber sido manejada de una mejor forma, en fin, nunca dejamos de preocuparnos por el bienestar de nuestros hijos y de evaluar de manera constante nuestro rol como madre.

2) Entendí que cada niño es diferente. No todo lo que funciona con uno, funciona con el otro. Algunos niños son más demandantes que otros, exigen más tiempo, más atención, otros simplemente nacen más independientes sin que hayamos hecho nada para fomentar esa característica. Poder vivir esto me ayudo a ser más consecuente conmigo misma, más realista.

No necesariamente hacemos algo mal para que un niño sea más difícil que el otro. Una cosa es la crianza y otra el temperamento y el carácter con el que nace el niño. También habrá cosas que estarán fuera de nuestro control, y está bien aceptarlas. No creo que existe una clave o manual universal de cómo manejar todas las situaciones que nos presentan nuestros hijos, las posibilidades son infinitas.

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¡Invierno!

Ver a nuestros hijos con sus fortalezas y retos en particular es importante para entender que en esto estamos todas aprendiendo, y que la maternidad va en constante cambio y evolución. Me reinvento todo el tiempo y descubro formas nuevas de hacer que el bote salga a flote.

3) Nadie conoce a tus hijos mejor que tú. Muchas veces recibo consejos y opiniones de personas que me quieren ayudar, y eso está bien. Hoy en día tenemos a mano tantos libros, tantas teorías, tantas formas nuevas y mejores de hacer las cosas que en ocasiones nos sentimos más perdidas que orientadas. Por eso sigo el instinto maternal o paternal, al final del día tenemos que aprender a confiar en lo que entendemos que es mejor para ellos y no lo que los demás crean.

Es muy difícil estar siempre segura de cuál es la mejor forma, pero lo que sí sé es que al final del día cada madre sabe lo que le funciona mejor, por eso trato de no juzgar. Creo que es mejor apoyarnos, entendernos, y ser honestas con lo que estamos sintiendo. Es mejor escucharnos en los momentos difíciles y aconsejarnos si se ha pedido un consejo. Lo importante es recordar que cada niño es único, cada estilo es diferente y que cada una de nosotras quiere lo mejor para su hijo.

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Nunca un momento aburrido.

4) He entendido que tener hijos no significa que se ha acabado nuestra vida, sino que se ha transformado. A menudo escucho el discurso desesperado de “¿cómo voy a poder con estos niños?” o “¡ya no puedo más, me vuelven loca!”, es más, yo misma lo he dicho en algún momento, especialmente cuando estoy cargada con el trabajo, los compromisos, el cansancio, las responsabilidades y las preocupaciones. Sin embargo, como si ya no tuviese las manos suficientemente llenas, vino mi tercer bebé y con ella un nuevo e importante aprendizaje.

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Cada uno viviendo su etapa.

Mientras me proponía a entrenarla para que durmiera la noche completa, me visualicé en aquel momento en que lo lograría, ella dormiría toda la noche por lo que yo también lo haría, sería una madre más calmada, más paciente, más relajada y con más energía para enfrentar los retos de los más grandes. También vendría una próxima etapa en la cual esa bebé que necesitaba tanto de mi sería más independiente, aprendería a retomar el sueño por si sola en las noches, pronto tomaría su biberón sin mi ayuda, gatearía, hablaría… como había pasado ya la primera y segunda vez. En ese momento me  invadió una nostalgia que me abrió mucho los ojos: de nuestros padres, siempre escuchamos frases como “disfrútenlos ahora pues crecen muy rápido”, “todo pasa y esto también pasará” y yo, aunque siempre lo supe, lo pude ver con una inmensa claridad, y me dispuse a disfrutar con más plenitud cada momento de mis hijos.

Cada etapa, por hermosa y a la vez difícil que sea, acabará. Luego figurará en nuestro recuerdo con el mayor amor y la mayor nostalgia posible, pues no podremos volver atrás. Solo podremos agarrar esas manitas pequeñitas por unos cuantos meses, aquel cuerpecito pequeño, necesitando de toda nuestra atención y cuidado seguirá creciendo y madurando pasando a otra etapa en la cual será más independiente de nuestro cuidado. Nos mantenemos muy preocupadas o ansiosas por presenciar ese nuevo descubrimiento, ese nuevo paso, ese nuevo logro en la vida de nuestros pequeños hijos hasta que lo logran y ya el momento pasa.

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Felicidad completa.

Sí creo que nuestro cansancio, agotamiento, preocupación, y los retos de la maternidad son reales y no está bien esconderlos o mentir sobre ellos. Pero también creo firmemente en que tener a un hijo es un proceso tan maravilloso que debemos enaltecer, agradecer y estar feliz por esa bella oportunidad TODO EL TIEMPO.

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Amor de hermanas.

Hot dogs en el muelle.

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